CRB “Barefoot in the Head”

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Seguimos comprando música. Cada mes. Pero la forma de escucharla ha cambiado. Meses antes de la publicación del artefacto se adelantaron tres temas nuevos en spotify. Me gustaron. Intuía cambios y menos excesos lisérgicos, algo más rupestres. Bien. El viernes pasado se publicaba en streaming. No pude zambullirme en su totalidad. El sábado lo intenté de nuevo, pero no me entraba. Ayer domingo lo escuche dos veces. Todavía le ponía algún “pero” y le comentaba a Edu Izquierdo (que corregía también su opinión primera que no era muy positiva) que necesitaba algún riff con “gain” a 11. Hoy lo hemos escuchado dos veces más y el álbum me parece fenomenal. Lo han vuelto a hacer. No se trata de una guerra entre Chris y Rich. Rich sigue su estela en solitario y ahora con los Magpie Salute revisita los Crowes y algunos clásicos. Pero lo de Chris tiene mucho mérito, pero mucho. Se encuentra cómodo y ha vuelto a facturar un álbum excelente. Su capacidad compositiva con su combo de hippies no tiene parangón. Quizás el mejor disco de los CRB desde que debutara con el fabuloso Big Moon Ritual. Esta vez los excesos en los teclados suenan más comedidos, el aire de todos los temas es más folk y pese a que podría ser un disco en solitario de Chris sin los Brotherhood, el sello del genial Neal Casal se nota en cada tema. No falta ni sobra nada. Pero ahora mismo, el tema que más me ha gustado es Dog Eat Sun, un folk cósmico con unos teclados que me recuerdan a Pink Floyd. Bravo. Que vuelvan muy pronto que se les espera con los brazos abiertos.

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Arena Rock: sí

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Vamos a ser ácidos. Un tanto atrevidos e intentando no ser faltones, porque me tenéis calentito (y no sois precisamente vosotros dos, no os equivoquéis).

Se ha puesto de modo ser auténtico, ir a contracorriente y molón afirmando por activa y por pasiva por redes sociales u otros medios retahílas de afirmaciones cual ventosidades como: “yo no voy más a conciertos de estadio”, “para verlo por la pantalla me quedo en casa”, “los que van a un concierto de estadio sólo van para figurar”, “van un día al año a un concierto y encima se ponen a hablar”, “no dejan ver con los móviles y se dedican a enviar whatsapps”. ¿Quien se atreve a juzgar al vecino? Yo no. ¿Alguien se erige en un ser superior para opinar sobre qué es mejor, o peor? ¿De verdad? ¡BASTA! La pose, sucks.

No todo ha de ser arte y ensayo. También me gusta el cine de Hollywood de persecuciones, con palomitas y a poder ser de esas de colores y dulces con una coca cola extra grande. He asistido y seguiré asistiendo, cuando el tiempo y la economía me lo permita a las salas y, por supuesto, a los estadios. Y veré el evento desde donde me plazca. En primera fila si me viene en gana, o desde donde se posan las palomas para ver el evento en pantalla, si me sale por ahí. Si quiero hablar, hablaré. Si quiero tomar fotos, las tomaré. A eso se le llama, libertad, que si, es donde termina o empieza la del otro pero nunca creo haya molestado a nadie en un evento. Somos educados. Me gasto ingentes cantidades de dinero en discos y entradas de conciertos, cuando no voy invitado. Demasiado dinero. No hago daño a nadie. Mientras pueda y la salud y la economía me lo permita, seguiré ahí. Y claro, seguiré asistiendo a actos masivos, que tienen muchos inconvenientes pero también cuando todo sale bien, como ayer noche, otras ventajas y nos hacen felices. ¿O es que acaso no nos acordamos de salas inmundas con técnicos de sonido sordos, visionados horribles con columnas o visibilidad nula, o que empiezan el show cuarenta y cinco minutos tarde? Pero claro, como es una sala pequeña a alabar ese formato. No compro. ¿No es acaso suficiente el control de los políticos, las instituciones o la censura a las libertades que, penosamente están de vuelta como para que encima, los que amamos la música, rock, jazz, o la que sea, nos espiemos, opinemos unos de otros o peor aún, nos juzguemos entre nosotros u opinemos sobre los demás? Recordad my dearest. Live and let live. Es sólo música y cada uno que la disfrute como le plazca.

¡FUCK OFF!

 

 

Tom Petty en Hyde Park o el sueño de una noche de verano

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De un tiempo atrás vengo escuchando y leyendo si vale la pena asistir a eventos masivos, ver a la banda muy lejos y seguirla por pantalla o, incluso que la gente habla en conciertos y que asisten a estos “arena events” como un acto social, para figurar. Sí, vale la pena. Amigos, en UK, todo es distinto. Y más un concierto de rock and roll. Todo ahí tiene un áurea a leyenda que aquí no se respira. Será la historia o que la mayoría de nuestros héroes son de ahí, no lo sé. El recinto o escenario brillantemente decorado, hacer cola con los respectivos nervios, saberte fuera de casa, todo es magia.

El pasado domingo me zambullí entre 65.000 almas (ahí es nada) en el Hyde Park de Londres para rendir por segunda vez pleitesía al rubio de Gainsville, a Tom Petty y sus Heartbreakers. Y todos los ahí presentes, de todas las edades, condiciones y pelaje estaban en el parque. Incluso gente muy mayor, veteranos absolutos. Tremendamente emocionados. Literalmente, vi a gente que podrían ser mis abuelos, llorar a lágrima suelta. Y eso aquí, es inimaginable.

Esta no es ninguna crónica al uso del evento que encontraréis en periódicos o revistas británicas o, excepcionalmente narradas por el amigo Fernando Navarro (bravo por El País por ser el único diario de aquí que haya escrito sobre el magnífico concierto).

No les contaré que sonaron los clásicos, que repasó lo mejorcito de Wildflowers (mi álbum favorito), que sonó Walls del hasta hace bien poco vilipendiado álbum She’s the One, o que Stevie Nicks protagonizó, 18 años después una aparición estelar con el rubio para tocar Stop Draggin’ me Around, o que Mike Campbell es el amo (“el hombre que nunca ha perdido una nota”).

Sólo quiero explicar la emoción indescriptible de ver a alguien que parece que conozcas de toda la vida, aunque sea una sensación irracional de un mero y mortal fan. De alguien que lleva más de treinta años congeniando contigo, sin fallar en un solo disco. Y eso no lo puede escribir prácticamente ninguno de los totems que seguimos. Eso, el Boss, el tío Neil o Dylan no lo pueden decir. Alguien a quien has seguido antes de tener canas, que te alegra una tarde noche de domingo en el extranjero pero te hace sentir en casa y que, en definitiva, te hace sonreír y hacerte sentirte absolutamente feliz y pletórico acompañado de la mejor compañía. Por eso acudimos a la cita londinense. Fuimos porque es alguien que te hace llorar y erizar los pelos de punta en determinadas canciones porque eres consciente que él ya no está y lo hubiera disfrutado más que tu o que tú, irremediablemente, te vas haciendo mayor, al lado de quien amas a corazón abierto.

Esto es música amigos míos pero, por encima de todo es, aire, es pura vida.

Como dice el buen amigo Frank… ¡Petty de mi vida!

Abbey Road Shop

Todos estos discos del link de abajo fueron grabados o remasterizados en los míticos estudios londinenses. Pocos que han visitado el famoso paso zebra enfrente de los estudios conocen de la pequeña tienda lateral del recinto que está escondida. De hecho, en mi primera vez ahí, ni la vi. Te puedes dejar el sueldo. Os dejo el link de la tienda. Si ya es emocionante adentrarse en ella, ni me quiero imaginar que significaría pasar las barreras de metal y visitar los míticos estudios.

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Lee Bains & The Glory Fires “Youth detention”

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En ocasiones tu cuerpo necesita azúcar. Un chute rápido, para ponerse a andar. Na de intros largas ni temas sesudos. Sólo rock and roll y mucha actitud. El tercer álbum de Lee Bains III es un chute de esos. Pura energía, riffs a tuti plen y buenos temas con letras reivindicativas en la era de Trump. Quizás un tanto largo. 17 temas podrían suponer un empache de glucosa pero entra a la primera y los temas son maravillosos. Enérgico y potente, creo que dan un paso adelante pero confirman lo que ya sabíamos desde el primer y brillante disco que era “There is a bomb in Giled” . Southern con actitud punk y talento a raudales.  Ganas de catarlos en directo. Y la portada es muy bonita, me recuerda, no se porque a Gram Parsons.

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Dennis Wilson “Pacific Ocean Blue”

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El hermano menor de los Wilson fue el primero en marcharse ahogándose en el embarcadero donde unos instantes antes había tirado material de su propio barco. De hecho, Dennis era el verdadero Beach Boy, amante del mar y del surf (aunque no se le daba demasiado bien). Entró en el combo californiano por los pelos porque su pericia a la batería no convencía a Brian Wilson. Pero entró. Desde pequeño se reveló a la tiranía de su padre (el maltratador Murray que dejó sordo a Brian de un hostiazo). Juergas desde la corta edad y una adicción al alcohol le arrastraron a ese trágico final. Pero fue el primer Beach Boy en publicar un álbum en solitario. Una verdadera maravilla. Un lamento hecho música. Se nota en todo el disco. En las letras buscando respuestas que no encontró. En las melodías. En los instrumentos. Puro y maravilloso sonido 70’s, de esos discos que tanto adoro. Y la voz rota y cascada fruto de esas adiciones pone la guinda al pastel. Nada sobra. Nada falta. Con sumo respeto y pleitesía eterna al hermano mayor, yo me pregunto… ¿quien dijo Brian?

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