Tom Petty en Hyde Park o el sueño de una noche de verano

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De un tiempo atrás vengo escuchando y leyendo si vale la pena asistir a eventos masivos, ver a la banda muy lejos y seguirla por pantalla o, incluso que la gente habla en conciertos y que asisten a estos “arena events” como un acto social, para figurar. Sí, vale la pena. Amigos, en UK, todo es distinto. Y más un concierto de rock and roll. Todo ahí tiene un áurea a leyenda que aquí no se respira. Será la historia o que la mayoría de nuestros héroes son de ahí, no lo sé. El recinto o escenario brillantemente decorado, hacer cola con los respectivos nervios, saberte fuera de casa, todo es magia.

El pasado domingo me zambullí entre 65.000 almas (ahí es nada) en el Hyde Park de Londres para rendir por segunda vez pleitesía al rubio de Gainsville, a Tom Petty y sus Heartbreakers. Y todos los ahí presentes, de todas las edades, condiciones y pelaje estaban en el parque. Incluso gente muy mayor, veteranos absolutos. Tremendamente emocionados. Literalmente, vi a gente que podrían ser mis abuelos, llorar a lágrima suelta. Y eso aquí, es inimaginable.

Esta no es ninguna crónica al uso del evento que encontraréis en periódicos o revistas británicas o, excepcionalmente narradas por el amigo Fernando Navarro (bravo por El País por ser el único diario de aquí que haya escrito sobre el magnífico concierto).

No les contaré que sonaron los clásicos, que repasó lo mejorcito de Wildflowers (mi álbum favorito), que sonó Walls del hasta hace bien poco vilipendiado álbum She’s the One, o que Stevie Nicks protagonizó, 18 años después una aparición estelar con el rubio para tocar Stop Draggin’ me Around, o que Mike Campbell es el amo (“el hombre que nunca ha perdido una nota”).

Sólo quiero explicar la emoción indescriptible de ver a alguien que parece que conozcas de toda la vida, aunque sea una sensación irracional de un mero y mortal fan. De alguien que lleva más de treinta años congeniando contigo, sin fallar en un solo disco. Y eso no lo puede escribir prácticamente ninguno de los totems que seguimos. Eso, el Boss, el tío Neil o Dylan no lo pueden decir. Alguien a quien has seguido antes de tener canas, que te alegra una tarde noche de domingo en el extranjero pero te hace sentir en casa y que, en definitiva, te hace sonreír y hacerte sentirte absolutamente feliz y pletórico acompañado de la mejor compañía. Por eso acudimos a la cita londinense. Fuimos porque es alguien que te hace llorar y erizar los pelos de punta en determinadas canciones porque eres consciente que él ya no está y lo hubiera disfrutado más que tu o que tú, irremediablemente, te vas haciendo mayor, al lado de quien amas a corazón abierto.

Esto es música amigos míos pero, por encima de todo es, aire, es pura vida.

Como dice el buen amigo Frank… ¡Petty de mi vida!

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